Sí, quiero contarte que el Autismo cambió mi vida, de no haber llegado a mi vida, quizás nunca hubiera aprendido a valorar las cosas que hoy valoro, quizás siguiera haciendo cosas que no eran buenas ni para mi mente, ni para mi alma.
El Autismo es un trastorno del neurodesarrollo que se caracteriza por deficiencias en la comunicación, habilidad social, patrones restrictivos y repetitivos según el DMS 5 (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), sin embargo, esa definición la siento fría y distante de lo que realmente puede llegar a ser la persona autista.
Antes del diagnóstico, se podría decir que tenía mi vida definida y «resuelta», pensaba en viajes, educación tradicional, la rutina, el trabajo para ganar dinero y todo aquello que suele vivirse en una vida «normal», al menos eso era lo que yo pensaba, hasta que llegaron los diagnósticos a la familia que había decidido formar junto a mi esposo. Las cosas cambiaron, las vueltas se incrementaron, las preguntas crecieron y las respuestas, en ese momento, nunca llegaron. Fue en ese momento cuando mi agenda cambió, mis prioridades se volvieron otras y poco a poco las respuestas fueron llegando.
El Autismo cambió mi vida ¿Por qué? Porque aprendí a valorar lo esencial, aprendí a soltar el control y la perfección, aprendí a trabajar en mi paciencia y mi amor propio, porque si yo estaba bien, mis hijas estarían mejor. Elegí ver lo bueno detrás de la condición y hoy puedo resaltar en mis hijas muchas virtudes y habilidades, como por ejemplo: Aprendí a abrazar sus detalles, su sinceridad (sin filtro) al decir las cosas como son, su lealtad y sentido de justicia, el respeto e importancia de planificar y tener una secuencia de acciones, habilidades visuales y concretas, pero sobre todo de ellas aprendí a valorar la perseverancia y el no rendirme.
Sabía que si me quedaba viendo el trastorno, «el problema», lo que no podrían hacer o que no hacían aún, me atascaría en un callejón sin salida. Construir la red de apoyo y el equipo multidisciplinario no ha sido fácil, pero ha sido necesario, lo que sí ha sido importante es bajar la velocidad y la exigencia, creo que uno de los errores que cometí al principio fue saturar la agenda de terapias y opiniones ajenas, cuando en realidad lo que necesitaba era tiempo y espacio para conocer y abrazar la condición, flexibilidad para permitirles ser y hacer lo que ellas quisieran ser y hacer, simplemente acompañándolas y atendiendo las necesidades del momento.
El Autismo nunca me dio miedo, jamás renegué el por qué a mí, en su momento, solo pedí las fuerzas y los recursos a Dios para sobre llevar la condición y por partida triple, soltar expectativas y vivir expectante de lo que él iba a hacer con lo que nos estaba tocando vivir.
El Autismo cambió mi vida, ya no soy la misma, incluso me lo han dicho, deje de ser víctima y decidí ser creadora. Una pregunta poderosa que me hice me dio la respuesta ¿Qué puedo hacer con esto que estoy viviendo? ¿En qué lo puedo transformar? y la respuesta fue Dorotea, el mejor legado de vida que el Autismo y Dios me pudieron regalar.
No es lo que pasa, es cómo vemos lo que nos pasa, yo elegí verlo como una oportunidad de cambio, transformación y sobre todo como un punto de inflexión para transformar el caos en oportunidad y cuando llegué a la cima alguien me preguntó ¿Cómo llegaste hasta ahí? y yo respondí «Mis hijas me trajeron aquí».
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